Por Ing. Tomás Fourcade.-
Aprendizajes de la inundación de Bahía Blanca de marzo de 2025
Estas líneas continúan y resumen reflexiones que expusimos en el reciente Congreso Nacional e Internacional de Derecho de Seguros, organizado por AIDA Argentina en Bahía Blanca, donde se debatió, entre otros temas, el rol del seguro frente a las catástrofes climáticas y los aprendizajes que quedaron de la inundación que la ciudad sufrió el 7 de marzo de 2025.
Aunque retome visibilidad luego de cada evento, la problemática no es nueva: desde LEARISK venimos insistiendo desde hace al menos veinte años en distintos foros y medios, sobre un problema que Argentina no termina de resolver: el riesgo de inundación urbana y la ausencia de una respuesta aseguradora a su altura.
Un patrón, no una excepción
Las grandes inundaciones urbanas argentinas no son hechos aislados, sino la expresión repetida de un mismo problema estructural. Las ciudades del país se asientan sobre cuencas y planicies inundables, y cuando una lluvia extrema cae en pocas horas sobre una infraestructura de drenaje ya superada, el resultado es previsible.
Santa Fe lo sufrió en 2003, con el desborde del río Salado, un tercio de la ciudad bajo agua, unos 130.000 evacuados y 23 muertos según cifras oficiales. Diez años después, en 2013, La Plata vivió una de las peores tragedias por inundación urbana del país: 392 mm de lluvia en pocas horas y 89 fallecimientos reconocidos. El mismo evento provocó además el peor incendio industrial de la historia argentina, en la Refinería de Ensenada de YPF, y dejó además 10 víctimas en la Capital y sus alrededores.
Bahía Blanca tiene, a su vez, su propia historia hídrica, y es una historia larga. La ciudad se inunda desde su fundación. En 1933 el arroyo Napostá se desbordó y llegó a haber hasta un metro de agua en las casas del centro. En 1944 hubo una nueva inundación grande, con familias sobre los techos. Recién a mediados del siglo XX, entre 1948 y 1951, se construyó el canal aliviador Maldonado y se dragó el Napostá, con un diseño pensado para caudales muy inferiores a los actuales —y con un embalse complementario que nunca se llegó a construir. En diciembre de 2023, un temporal con vientos extremos ya había dejado 13 víctimas fatales y daños graves. El 7 de marzo de 2025 llegó la mayor catástrofe hídrica de la historia de la ciudad.
El 7 de marzo de 2025: los números y las causas
Entre 300 y 400 mm de lluvia cayeron en un lapso de 8 a 12 horas, cuando la región promedia unos 630 mm en todo un año. El balance final consolidado registró 18 víctimas fatales, entre ellas niños y adultos mayores. Más de 2.500 personas fueron evacuadas, y otras 10.000 sufrieron daños materiales. En las zonas sur y centro de la ciudad, las más bajas, el agua superó los dos metros de altura. Fue un récord histórico: la precipitación de ese día superó la marca diaria previa de la estación del Servicio Meteorológico Nacional en Bahía Blanca, de 175 mm, vigente desde 1930. Las autoridades lo describieron como un evento de recurrencia centenaria. Hubo que evacuar el Hospital Penna y cortar la Ruta Nacional 3.
¿Por qué la lluvia se convirtió en catástrofe? El sistema de drenaje —el Napostá y el canal Maldonado, diseñados a mediados del siglo pasado— no pudo absorber el caudal de las lluvias extraordinarias. A esto se sumó la topografía: las zonas sur y centro son muy bajas y de escasa pendiente, y la infraestructura ferroviaria y vial contribuyó a ralentizar el escurrimiento. Y, por último, una vulnerabilidad acumulada: falencias estructurales que no se habían resuelto ni siquiera después del temporal de 2023, y entubados que llevaban décadas sin limpiarse en forma adecuada.
El seguro frente al agua: luces y sombras
Frente a este escenario, ¿qué rol cumplió el seguro? La respuesta es desigual, y ahí está buena parte del problema que venimos señalando desde hace tanto tiempo.
Lo que sí funcionó: los automotores con cobertura amplia o todo riesgo respondieron, ya sea por daño parcial o por destrucción total según el nivel de agua alcanzado (desde 2012 la mayoría de las pólizas de auto incorpora la cobertura de inundación).
También respondieron pólizas de grandes corporaciones que cuentan con plantas importantes en la zona con coberturas bien diseñadas de Inundación y Lucro Cesante.
No obstante, en industrias más pequeñas, comercios y hogares, el contar con cobertura adecuada fue la excepción. La gran mayoría de los hogares y comercios no tenía cobertura. A la ya baja penetración del seguro en estos segmentos se sumó que pólizas más usadas en estos casos no incluyen la cobertura. Algunos asegurados descubrieron recién con el agua adentro de sus casas que la inundación no estaba cubierta por la falta de mejor enseñanza, asesoramiento y difusión sobre las coberturas.
En riesgos industriales con pólizas de Todo Riesgo se vio algún nivel de cobertura, pero en la mayoría de los casos con sublimites bajos.
En definitiva, el “gap de cobertura” fue muy importante.
Dicen que “mal de muchos, consuelo de tontos”, pero claramente el fenómeno no es privativo de Argentina: sucedió algo similar en las inundaciones de Rio Grande do Sul de 2025, por mencionar sólo el antecedente más reciente.
Reconstruir y prevenir: obra pública y arquitectura aseguradora
La respuesta a una catástrofe de esta escala tiene, necesariamente, dos frentes: la obra pública que evite que se repita, y una arquitectura aseguradora que permita que la recuperación no dependa de la solidaridad y los fondos públicos. El estado ha anunciado importantes obras en Bahia Blanca, pero en este foro me concentraré en las respuestas que puede brindar el mercado de seguros de Argentina.
En el frente de seguros debemos descartar la idea de que los riesgos catastróficos “no son asegurables”: existen numerosos ejemplos en el mundo de lo contario.
Para que lo sean en primer lugar es necesario continuar con la difusión y enseñanza de la cultura aseguradora, porque no sirve ni es posible solucionar un riesgo en particular cuando no hay penetración del seguro en general.
Luego, dentro del riesgo en particular, en este caso inundación, deben generarse condiciones para reducir la antiselección, para aumentar la dispersión del riesgo del universo que se asegure, y muy posiblemente contar con soporte de reaseguro.
Para definir posibles modelos que generen estas condiciones pueden estudiarse casos de éxito que se han implementado en otros países.
Entre otros existen:
- Consorcio de Compensación de Seguros (España): entidad pública que cubre “riesgos extraordinarios” (inundaciones, terremotos, terrorismo) mediante un recargo obligatorio incluido en las pólizas de daños que emiten las aseguradoras privadas.
- Flood Re (Reino Unido): un reaseguro conjunto entre el Estado y el sector privado, financiado con un cargo a todas las aseguradoras, que permite topear el precio del seguro de inundación en las viviendas de mayor riesgo para mantenerlo asequible.
- National Flood Insurance Program (Estados Unidos): programa federal administrado por FEMA que ofrece cobertura de inundación de forma directa —comercializada por aseguradoras privadas bajo convenio— en comunidades que a cambio se comprometen a normas de gestión de planicies inundables.
- Norsk Naturskadepool (Noruega): un pool entre aseguradoras privadas donde la cobertura de daños naturales se incluye obligatoriamente en toda póliza de incendio, con una prima uniforme en todo el país y pérdidas compartidas entre las compañías según su participación de mercado.
Algunas formas de aseguramiento moderno como los Seguros Paramétricos permiten diseñar programas que hasta cierto limite dan una respuesta inmediata, en forma directa a privados o a los estados, para intervenir luego de la catástrofe.
En FIDESEG (Fundación de Investigación, Difusión y Enseñanza del Seguro) hemos creado una comisión interdisciplinaria para estudiar en detalle la problemática y los diferentes modelos, que presentará sus primeras conclusiones en los siguientes meses.
El seguro como elemento preventivo
Es importante mencionar que, tanto en forma general, como en el diseño de los modelos de otros países que hemos referido, el seguro no solo tiene un fin indemnizatorio, sino que tiene un fuerte rol preventivo.
Si transfiero parte del riesgo al mercado de seguros, las aseguradoras analizarán el riesgo, generarán información útil, como mapas de riesgo, modelos y otros, e impulsarán medidas de prevención tanto directas (sugerencias de mejoras concretas) como indirectas, al crear mapas de riesgo, y otros incentivos económicos como tasas diferenciales, que lleven a la inversión gradual en prevención.
En LEARISK, por ejemplo, ya trabajamos en otros países en análisis de exposición de carteras de asegurado a riesgos catastróficos, y en la parametrización de la información de acuerdo con los requerimientos de los modelos que usan los principales reaseguradores.
Ideas finales
Bahía Blanca deja, en definitiva, tres conclusiones que exceden el caso puntual.
La primera es que no fue un rayo en cielo sereno: las inundaciones urbanas son recurrentes en Argentina, y el clima extremo sigue encontrando ciudades vulnerables.
La segunda es que el “gap de cobertura” sigue siendo muy importante, en particular para el riesgo de inundación, pero también en otros riesgos catastróficos, y en la penetración del seguro en general.
La tercera es que la preparación para catástrofes tiene dos frentes: obra pública, regulaciones e inversión privada para minimizar el impacto, y arquitectura aseguradora para que la recuperación no quede librada pérdidas extraordinarias en los privados, el aporte de fondos públicos o la solidaridad.
Los estados son interesados directos en la existencia de cobertura de riesgos catastróficos porque reduce la necesidad de su intervención posterior, por el aseguramiento de sus propios activos, y por los aspectos preventivos mencionados.
Más allá del riesgo de inundación, el terrible sismo que afectó el 24 de junio a Venezuela pone también este riesgo a la mesa y nos obliga a preguntarnos qué preparación tenemos, tanto en el país como en el mercado de seguros para otras posibles catástrofes.
La pregunta que queda abierta es si esta vez el mercado asegurador —y el país— van a actuar a tiempo, o la próxima catástrofe nos encontrará en el mismo sitio que hoy.









